Hay poesía en sus ojos y en sus sonrisas
destella la sombra de la aurora.
Ella escapa con él
de la angustiosa cotidianidad.
Armaban un nuevo paraíso
de susurros y miradas.
Dentro de ese mundo,
todo cobraba un nuevo sentido.
Para ella, todo se volvía más profundo,
más místico, más esperanzador.
Para él, el ambiente se relajaba,
el pensamiento se volvía blanco.
Todo se fundía en un torbellino
de sensaciones.
En cada encuentro renovaban ese gustoso placer,
ese sentido limpio, de mirarse sin temor,
confiados, entregados al tiempo y al recuerdo.
Cuando se separaban, todo ese mundo,
ese lugar que creaban se volvía inconsistente,
atemporal, transparente.
Ellos retornaban a sus mundos particulares,
a las rutinas y a las no rutinas,
a los agobios, angustias y felicidades cotidianas.
Para después reencontrarse
y que mágicamente todo fluyera
de manera distinta,
más natural, más placentero,
en ese mundo que se armaba y se rearmaba,
se construía y se destruía,
a través de sus besos..