domingo, 22 de junio de 2014

Los ojos

 Él llegó agotado por su extenso viaje. Ingresó con paso inseguro a la casa fría y lúgubre por la ausencia del fuego encendido en las chimeneas. A pesar del cansancio sabía que no iba a poder dormir. Era un día especial y triste al mismo tiempo. Era el aniversario de la muerte de su bebé, que a pesar de que había sucedido hace seis años, se mantenía fresco en su memoria como si hubiese pasado el día anterior. Estaban muy felices por ese nuevo ser que iba a nacer, pero su felicidad se transformó en agonía poco tiempo después. El día del nacimiento del bebé, el 15 de Septiembre de 1890, hubo ciertas complicaciones en el momento del parto y falleció el bebé a los pocos segundos de nacer: el cordón umbilical se le había enroscado alrededor del cuello, ahorcándolo.
La madre quedó tan triste que se fue muriendo de a poco. En realidad su alma se había extinguido al mismo tiempo que se apagó la vida de su hijo. No comía, no dormía, se iba desvaneciendo cada vez más, día a día y falleció poco después. Mirko estaba devastado por esta doble pérdida. Sentía que no le quedaba nada en el mundo, que lo habían dejado desamparado. Pero sin embargo, sobrevivió, siguió adelante por el recuerdo de sus seres amados, que lo iba impulsando y lo sostenía en los momentos en que estaba a punto de caer.
Luego de sepultarlos en el cementerio público, cerró la casa, no podía y no quería venderla o alquilarla porque pensaba que a lo mejor se opacaría el recuerdo que le quedaba de su única familia. Y se mudó a un pequeño departamento, donde vivía cómodo en su soledad. Sólo en ocasiones especiales como eran su aniversario de casamiento, el aniversario de muerte, o las fiestas de cumpleaños, Navidad y Año Nuevo; iba con una pequeña valija, habría nuevamente la casa y pasaba la noche en ella. Disponía una mesa humilde para los tres y brindaba para que ellos pudieran alcanzar la paz, y que cuando él partiese a su otra vida se reencontraran para volver otra vez a ser dichosos.
Recorría los pasillos, revisaba las habitaciones buscando las pertenencias de los que seguía amando y amaría por siempre aunque ya no estuvieran a su lado y se quedaba horas y horas observando las mismas fotografías que tenía de su casamiento y su luna de miel. No podía apartar la vista de esos bellos ojos de cielo de Lateila.
Ese día era todo un desafío para él, ya no sentía las fuerzas suficientes para poder continuar, estaba cansado de intentar ser feliz cuando una parte misma de su corazón había sido arrancada despiadadamente un mismo día como aquél, hacía seis años.
Empezó a realizar la misma rutina de siempre: vagar por los pasillos y las habitaciones como un alma en pena arrastrando las pesadas cadenas del dolor. Pero en esta ocasión pasó algo diferente, una puerta siempre había permanecido cerrada desde la muerte de su mujer, era el cuarto de Lateila, donde ella hacía sus trabajos de costura. Nunca en todos esos años había traspasado ese lugar y una curiosidad tan grande lo invadió, que cruzó con paso firme y rápido la poca distancia que lo separaba de su objetivo.
Cuando atravesó la puerta pudo observar que todo estaba tal cual ella lo había dejado: un bordado a medio terminar, prendas que ella misma se había confeccionado, un cuaderno de tapas desgastadas… Quiso leerlo, lo tomó entre sus manos y lo abrió despacio, intentando sentirla de vuelta a ella, a Lateila. Acarició sus páginas, observó detenidamente su letra chiquita y elegante, que siempre le había causado gracia porque era todo lo contrario a la suya: grande y desprolija. Mirko no pudo continuar mirando el diario, lo dejó en un rincón con un temblor de manos por la emoción, los ojos se le empañaron por la calidez de las lágrimas que le fueron cayendo por las mejillas.
 De repente reparó en otro objeto que no había observado antes, era un hermoso y raro cuadro con la pintura de dos pares de ojos, unos iguales a los de su mujer, profundos, celestes, casi como reflejando el color del cielo o del mar; y los otros idénticos a los de su bebé de un color celeste con un borde alrededor de la pupila de color de la miel líquida, tan diferentes a los suyos propios que eran de un marrón chocolate.
Se quedó mirando hipnotizado esa imagen, le parecía que lo estaban observando con esa mirada llena de alegría que era característica de Lateila. Pero había algo raro en todo aquello, no recordaba en qué momento habían adquirido ese cuadro. En el resto de la casa existían reproducciones de otras obras conocidas, sin embargo esa pintura era totalmente desconocida para él.
Se quedó ahí fijo, clavado en el  suelo, mirando esos ojos mágicos sin parpadear, sin moverse, casi sin respirar. De a poco empezó a notar los cambios en su aspecto, se estaba volviendo más incorpóreo, podía ver parte de lo que tenía alrededor de él  través de su piel. Se iba volviendo transparente, impulsado por una fuerza extraña, casi magnética, que irradiaba ese bonito cuadro. Y así fue desapareciendo, primero sus pies y manos; luego, lentamente se fueron desvaneciendo el torso y las extremidades. Por último desapareció la cabeza, mientras seguían brillando en la oscuridad sus enormes ojos chocolate; que al cabo de unos minutos también se esfumaron dejando sólo un vacío profundo.
Nadie supo qué fue lo que pasó con él. No encontraron ninguna evidencia de que hayan entrado a robar a la casa, entonces lo dieron por desaparecido. Aunque en realidad pensaban, y no era menos acertado, que Mirko había muerto. Como no había nadie que reclamara la casa, se la vendió. El único objeto que no pudieron sacar ni mover de su lugar ni siquiera un milímetro, fue un bello cuadro con tres pares de ojos de miradas intensas. Unos celestes, otros con un borde de color de la miel y los últimos de un marrón chocolate.








sábado, 19 de abril de 2014

Horizonte de oscuridad

La vida y la muerte se entrecruzan,
se hunden en una batalla despiadada.
Preguntas sin respuestas
flotan en el aire.
¿Por qué morir de esa manera?
¿Para qué vivir una vida que no es vida?
Carcomidos por dentro,
socavada la esperanza.
La estructura se mantiene
todavía erguida,
pero se vacía de contenido poco a poco.
¿Luchar o darse por vencido?
¿Por qué existirá ese monstruo maligno
que sutilmente, sin dar señales,
va extendiendo toda su maldad
a todos los rincones?
¿Por qué irá envenenando,
contaminando, extinguiendo,
mudando, exterminando,
talando, bombardeando?
¿Dónde queda la vida?
La muerte se regodea con el sufrimiento
de su presa,
que se retuerce intentando liberarse
de las garras
que se van clavando cada vez más profundo
hasta perforarle el corazón.
Las lágrimas caen a un abismo.
Tierra y polvo, negro, indómito, inevitable.
Se evapora el sentido
y solo queda un sabor amargo,
un mareo y una soledad
que extingue el horizonte
y se convierte en oscuridad.

viernes, 4 de abril de 2014

Desvanece

Si desapareciera,
¿a alguien le importaría?
¿Alguien, realmente, sufriría
por mi perdida, lloraría
o se le conmovería el corazón?
¿O simplemente sería una historia más,
volátil,
      diáfana,
                 translúcida?
Sería una historia que se desvanece
en el abismo,
una sombra que diluvia
en el ocaso,
una pisada que no deja eco,
un alma sin dueño,
un infinito que se pierde

en el desierto.

domingo, 23 de marzo de 2014

No soy nada

Yo ya no existo
solo soy un eco que quedó
flotando en el silencio.
Soy una pasión insana
que retrasa el tiempo del ocaso.
Soy lo que extingue al lucero,
soy lo que sobra de este fuego.
Soy sombra, soy arena y no soy nada.
Soy un reflejo en tu mirada,
soy una oscuridad en tus mañanas.
Solo soy y no soy nada.
Quiero volar a otros cielos,
desprenderme de este miedo
que me llevo, alejarme de tu lado,
no atarme a tu destino,
dejar de pensar en que te has ido.
Debo aceptar que,
sin tus dos bellos ojos mirándome,
yo ya no existo.

viernes, 7 de febrero de 2014

Reencuentros

Hay poesía en sus ojos y en sus sonrisas
destella la sombra de la aurora.
Ella escapa con él
de la angustiosa cotidianidad.
Armaban un nuevo paraíso
de susurros y miradas.
Dentro de ese mundo,
todo cobraba un nuevo sentido.
Para ella, todo se volvía más profundo,
más místico, más esperanzador.
Para él, el ambiente se relajaba,
el pensamiento se volvía blanco.
 Todo se fundía en un torbellino de sensaciones.
En cada encuentro renovaban ese gustoso placer,
ese sentido limpio, de mirarse sin temor,
confiados, entregados al tiempo y al recuerdo.
Cuando se separaban, todo ese mundo,
ese lugar que creaban se volvía inconsistente,
atemporal, transparente.
Ellos retornaban a sus mundos particulares,
a las rutinas y a las no rutinas,
a los agobios, angustias y felicidades cotidianas.
Para después reencontrarse
y que mágicamente todo fluyera
de manera distinta,
más natural, más placentero,
en ese mundo que se armaba y se rearmaba,
se construía y se destruía,
a través de sus besos..

domingo, 12 de enero de 2014

Augurio



Susurran inquietantes, 
palabras bañadas de espuma.
Miran su distorsión en un agua 
turbia de mentiras.
Respiran frenéticamente 
al compás de un tambor.
Sus ojos se empañan 
por una extraña niebla,
por un vapor que sabe a dolor.
Sienten un escalofrío 
que les recorre el cuerpo,
Cuando observan ese río negro 
de espinas.
Las almas agonizan 
un instante infernal,
En un fuego frío 
que igual los carcome,
Los mutila, los petrifica, 
les roba la esperanza.
Y ese augurio que sobrevuela 
sobre sus sueños
Se prende cenizas en un cielo de sangre.