Él llegó agotado por su extenso viaje. Ingresó con paso
inseguro a la casa fría y lúgubre por la ausencia del fuego encendido en las
chimeneas. A pesar del cansancio sabía que no iba a poder dormir. Era un día
especial y triste al mismo tiempo. Era el aniversario de la muerte de su bebé,
que a pesar de que había sucedido hace seis años, se mantenía fresco en su
memoria como si hubiese pasado el día anterior. Estaban muy felices por ese
nuevo ser que iba a nacer, pero su felicidad se transformó en agonía poco
tiempo después. El día del nacimiento del bebé, el 15 de Septiembre de 1890, hubo
ciertas complicaciones en el momento del parto y falleció el bebé a los pocos
segundos de nacer: el cordón umbilical se le había enroscado alrededor del
cuello, ahorcándolo.
La madre quedó tan triste que se fue muriendo
de a poco. En realidad su alma se había extinguido al mismo tiempo que se apagó
la vida de su hijo. No comía, no dormía, se iba desvaneciendo cada vez más, día
a día y falleció poco después. Mirko estaba devastado por esta doble pérdida.
Sentía que no le quedaba nada en el mundo, que lo habían dejado desamparado.
Pero sin embargo, sobrevivió, siguió adelante por el recuerdo de sus seres
amados, que lo iba impulsando y lo sostenía en los momentos en que estaba a
punto de caer.
Luego de sepultarlos en el cementerio público,
cerró la casa, no podía y no quería venderla o alquilarla porque pensaba que a
lo mejor se opacaría el recuerdo que le quedaba de su única familia. Y se mudó
a un pequeño departamento, donde vivía cómodo en su soledad. Sólo en ocasiones
especiales como eran su aniversario de casamiento, el aniversario de muerte, o
las fiestas de cumpleaños, Navidad y Año Nuevo; iba con una pequeña valija,
habría nuevamente la casa y pasaba la noche en ella. Disponía una mesa humilde
para los tres y brindaba para que ellos pudieran alcanzar la paz, y que cuando
él partiese a su otra vida se reencontraran para volver otra vez a ser
dichosos.
Recorría los pasillos, revisaba las habitaciones
buscando las pertenencias de los que seguía amando y amaría por siempre aunque
ya no estuvieran a su lado y se quedaba horas y horas observando las mismas
fotografías que tenía de su casamiento y su luna de miel. No podía apartar la
vista de esos bellos ojos de cielo de Lateila.
Ese día era todo un desafío para él, ya no
sentía las fuerzas suficientes para poder continuar, estaba cansado de intentar
ser feliz cuando una parte misma de su corazón había sido arrancada
despiadadamente un mismo día como aquél, hacía seis años.
Empezó a realizar la misma rutina de siempre:
vagar por los pasillos y las habitaciones como un alma en pena arrastrando las
pesadas cadenas del dolor. Pero en esta ocasión pasó algo diferente, una puerta
siempre había permanecido cerrada desde la muerte de su mujer, era el cuarto de
Lateila, donde ella hacía sus trabajos de costura. Nunca en todos esos años
había traspasado ese lugar y una curiosidad tan grande lo invadió, que cruzó
con paso firme y rápido la poca distancia que lo separaba de su objetivo.
Cuando atravesó la puerta pudo observar que
todo estaba tal cual ella lo había dejado: un bordado a medio terminar, prendas
que ella misma se había confeccionado, un cuaderno de tapas desgastadas… Quiso
leerlo, lo tomó entre sus manos y lo abrió despacio, intentando sentirla de
vuelta a ella, a Lateila. Acarició sus páginas, observó detenidamente su letra
chiquita y elegante, que siempre le había causado gracia porque era todo lo
contrario a la suya: grande y desprolija. Mirko no pudo continuar mirando el
diario, lo dejó en un rincón con un temblor de manos por la emoción, los ojos
se le empañaron por la calidez de las lágrimas que le fueron cayendo por las
mejillas.
De
repente reparó en otro objeto que no había observado antes, era un hermoso y
raro cuadro con la pintura de dos pares de ojos, unos iguales a los de su mujer,
profundos, celestes, casi como reflejando el color del cielo o del mar; y los otros
idénticos a los de su bebé de un color celeste con un borde alrededor de la pupila
de color de la miel líquida, tan diferentes a los suyos propios que eran de un
marrón chocolate.
Se quedó mirando hipnotizado esa imagen, le
parecía que lo estaban observando con esa mirada llena de alegría que era
característica de Lateila. Pero había algo raro en todo aquello, no recordaba en
qué momento habían adquirido ese cuadro. En el resto de la casa existían
reproducciones de otras obras conocidas, sin embargo esa pintura era totalmente
desconocida para él.
Se quedó ahí fijo, clavado en el suelo, mirando esos ojos mágicos sin
parpadear, sin moverse, casi sin respirar. De a poco empezó a notar los cambios
en su aspecto, se estaba volviendo más incorpóreo, podía ver parte de lo que
tenía alrededor de él través de su piel.
Se iba volviendo transparente, impulsado por una fuerza extraña, casi
magnética, que irradiaba ese bonito cuadro. Y así fue desapareciendo, primero
sus pies y manos; luego, lentamente se fueron desvaneciendo el torso y las
extremidades. Por último desapareció la cabeza, mientras seguían brillando en
la oscuridad sus enormes ojos chocolate; que al cabo de unos minutos también se
esfumaron dejando sólo un vacío profundo.
Nadie supo qué fue lo que pasó con él. No
encontraron ninguna evidencia de que hayan entrado a robar a la casa, entonces
lo dieron por desaparecido. Aunque en realidad pensaban, y no era menos
acertado, que Mirko había muerto. Como no había nadie que reclamara la casa, se
la vendió. El único objeto que no pudieron sacar ni mover de su lugar ni
siquiera un milímetro, fue un bello cuadro con tres pares de ojos de miradas
intensas. Unos celestes, otros con un borde de color de la miel y los últimos
de un marrón chocolate.