La tarde pasa vertiginosa
en una sucesión de colores
desenfocados
verde, gris, naranja, amarillo, ocre, azules...
La luz se va extinguiendo
en un ocaso frío
mientras los pensamientos
juegan al olvido en la plaza de la esquina.
La ciudad se escabulle,
solitaria,
al compás de las bocinas simultáneas.
La muerte persigue distraída la sombra,
la estela de vida que dejan detrás los rascacielos,
sin percatarse de que la rutina salta,
audaz,
del puente más cercano.