La vida y la muerte se entrecruzan,
se hunden en una batalla despiadada.
Preguntas sin respuestas
flotan en el aire.
¿Por qué morir de esa manera?
¿Para qué vivir una vida que no es vida?
Carcomidos por dentro,
socavada la esperanza.
La estructura se mantiene
todavía erguida,
pero se vacía de contenido poco a poco.
¿Luchar o darse por vencido?
¿Por qué existirá ese monstruo maligno
que sutilmente, sin dar señales,
va extendiendo toda su maldad
a todos los rincones?
¿Por qué irá envenenando,
contaminando, extinguiendo,
mudando, exterminando,
talando, bombardeando?
¿Dónde queda la vida?
La muerte se regodea con el sufrimiento
de su presa,
que se retuerce intentando liberarse
de las garras
que se van clavando cada vez más profundo
hasta perforarle el corazón.
Las lágrimas caen a un abismo.
Tierra y polvo, negro, indómito, inevitable.
Se evapora el sentido
y solo queda un sabor amargo,
un mareo y una soledad
que extingue el horizonte
y se convierte en oscuridad.
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