No podía soportar más su dolor,
un dolor hondo,
profundo,
punzante.
Las heridas supuraban sin piedad,
los dardos se clavaban como hielos
en la oscuridad.
El viento azotaba, mareaba.
Se respiraba agonía.
Todo se había perdido,
la confianza,
el amor,
todo se había evaporado
en una nube volátil.
La ausencia daba su presente,
el vacío avanzaba ferozmente,
la autocompasión suplicaba
a la vuelta de la esquina,
y la muerte esperaba,
ansiosa,
cazar su próxima presa.
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