martes, 12 de febrero de 2013

Ausencia


 Me fundo en una laguna de espinas,
en un océano de astillas que me inundan.
El cielo cae en pedazos
                              a mis pies.
El ataúd se abre revelando la verdad de tu ser,
la verdad de mi memoria.
Las luces invaden  el recinto de la muerte
y las almas se elevan en un suspiro de piedad.
Las lágrimas se desbordan
por un río infinito de plegarias.
El espíritu se libera, muta en un ser incorpóreo,
iluminado por el comienzo
                   de una nueva vida.
La naturaleza no es solidaria,
Cruelmente el sol baila ante mis ojos,
como si festejara tu inexistencia,
como si celebrara tu incorporeidad.
Ya no puedo soportar esta tortura,
se derrumba mi corazón
en una agonía terrible.
Siento como me desgarro por dentro,
como me consume la pena.
Las nubes estallan en relámpagos,
apagándose en un mosaico interminable
de sufrimiento,
                 de recuerdos eternos.
Quisiera desaparecer, dejar de existir;
quisiera formar parte del vacío
que lo carcome todo.
Quisiera volar a un nuevo mundo,
donde la soledad desaparezca
de mi existencia.
Quisiera acabar con este dolor que me abrasa el alma.
Pero no puedo, de a poco
la pena,
              la soledad,
                                la agonía,
me van consumiendo,
me van hundiendo en la desesperación,
              en la locura.
Esas cadenas se van enroscando
a mí alrededor, asfixiándome.
Pero, ¿Por qué te marchaste
a tierras desconocidas?
¿Por qué te fuiste a un lugar
donde todavía no puedo seguirte?
Me seguís llamando con una voz impaciente,
repetís constantemente mi nombre,
pero apenas alcanzo a escucharte.
Me nublo en silencio, respiro tu ausencia,
veo tu rostro iluminado en sueños lejanos.
Te perdés en las  sombras de la aurora,
en un renacer profundo
que se graba en mi memoria,
que queda sellado en mi corazón
para siempre.

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