Me fundo en una laguna de espinas,
en un
océano de astillas que me inundan.
El cielo
cae en pedazos
a mis pies.
El ataúd se
abre revelando la verdad de tu ser,
la verdad
de mi memoria.
Las luces
invaden el recinto de la muerte
y las almas
se elevan en un suspiro de piedad.
Las
lágrimas se desbordan
por un río
infinito de plegarias.
El espíritu
se libera, muta en un ser incorpóreo,
iluminado
por el comienzo
de una nueva vida.
La
naturaleza no es solidaria,
Cruelmente
el sol baila ante mis ojos,
como si
festejara tu inexistencia,
como si
celebrara tu incorporeidad.
Ya no puedo
soportar esta tortura,
se derrumba
mi corazón
en una
agonía terrible.
Siento como
me desgarro por dentro,
como me
consume la pena.
Las nubes
estallan en relámpagos,
apagándose
en un mosaico interminable
de
sufrimiento,
de recuerdos eternos.
Quisiera
desaparecer, dejar de existir;
quisiera
formar parte del vacío
que lo
carcome todo.
Quisiera
volar a un nuevo mundo,
donde la
soledad desaparezca
de mi
existencia.
Quisiera
acabar con este dolor que me abrasa el alma.
Pero no
puedo, de a poco
la pena,
la soledad,
la agonía,
me van
consumiendo,
me van
hundiendo en la desesperación,
en la locura.
Esas
cadenas se van enroscando
a mí
alrededor, asfixiándome.
Pero, ¿Por
qué te marchaste
a tierras
desconocidas?
¿Por qué te
fuiste a un lugar
donde todavía
no puedo seguirte?
Me seguís
llamando con una voz impaciente,
repetís
constantemente mi nombre,
pero apenas
alcanzo a escucharte.
Me nublo en
silencio, respiro tu ausencia,
veo tu
rostro iluminado en sueños lejanos.
Te perdés
en las sombras de la aurora,
en un
renacer profundo
que se
graba en mi memoria,
que queda
sellado en mi corazón
para
siempre.
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