El fuego arde, quema las venas.
Un infierno vivida en carne propia.
Un candelabro arrasando el cuerpo,
calcinando hasta la ultima esperanza de sobrevivir,
de resistir la tortura infinita.
Una cascada cristalina se derrama
por los
pómulos,
pero satisfacer el apetito devorador
de las llamas.
Candente, amargo era el final.
Oscuros pensamientos, penas acumuladas,
dolores infligidos.
Todo se iba quemando,
cociendo a fuego lento,
debajo de una mirada penetrante,
atroz.
La vida se extinguía a medida
que avanzaban las lenguas rojas.
Y con esa vida todo quedaba olvidado,
el dolor,
la angustia,
los enojos,
la alegría,
todo.
Ya no quedaba nada del cuerpo a quien llorar
ni nadie quien le llorara.
Las personas no lamentaban la perdida,
ya que aquel ser no era valioso,
sino que era hipócrita,
traicionero,
mentiroso.
El repudio, la desaprobación y el odio,
caían como un mantel de muerte sobre él.
Ni cuando su corazón exhaló su ultimo latido,
ese mantel dejó de pesarle,
hundiéndolo más y más en el vacío,
un vacío donde la luz no despejaba las sombras
y no se alcanzaba el perdón divino.
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